Vi a mi abuelo

Venía manejando hacia mi casa y vi a mi abuelo. Lo vi en la forma de otro señor que, con su sombrero, estaba sentado afuera de una tienda de abarrotes. Le vi esa posición de quien lleva una vida en la que sus peores tormentas ya quedaron atrás; en la que disfrutas el pasar de la gente, pero sobre todo, del tiempo. Esa calma que te dice que para concluir la vida, solo hace falta esperar la muerte.

Es José Peña a quien más recuerdo de los padres de mis padres. Fue su muerte la que me dio menos pesar de mis cuatro abuelos. Será que nunca he sentido que se ha ido, que me sigo imaginando, 17 años después, que está sentado en una banca del jardín de Chavinda. 

No sólo le recuerdo al verme la panza, la papada o las entradas que me recuerdan la posibilidad de quedar pelón como él. Lo recuerdo al imaginarlo platicar con algún amigo, esperando que lo sorprendamos con nuestra visita. Algún día nos reencontraremos, abuelo.

Vi a mi abuelo

Mi 2020

Recuerdo que en el año 2000 (yo con 15 años) leí un reporte / programa (de esos con buenas intenciones que hacen respecto al desarrollo de los países) que se llamaba “Plan 2020”. Desde esa vez, tuve un poco de fijación con saber qué ocurriría diferente este año. Algo me decía que sería un año diferente, uno de cambio para bien. Todavía no sé si me equivoqué.

Desde que nací, me han tocado vivir tres años que definen la historia de la humanidad: 1989, 2001, y ahora, 2020. El primero no lo recuerdo (tenía 4 años), el segundo fue impactante, y el último fue muy extraño. Y en realidad no encuentro mejor palabra para definir a este año: Extraño.

Extraño porque nos tocó vivir situaciones de ciencia ficción apocalíptica que hemos ido normalizando: todos con cubrebocas, muchos con caretas, los trajes de EPP en instalaciones médicas. Esa rara sensación de ir al super y escuchar advertencias por el altavoz pidiendo separación, prohibiendo el acceso a niños y ancianos, pidiendo no tocar innecesariamente los artículos. El temor de que alguien se te acerque hablando sin cubrebocas. Es bonito y temeroso vivir la historia en carne propia.

Y puede sonar egoísta porque en mi familia no hay ninguno de los casi 2 millones de personas que han muerto por la pandemia, pero dentro del caos, puedo decir que este año me ha encantado. Encontré cierta belleza en el distanciamiento, en los cubrebocas, en la higienización extrema de lugares, en la incertidumbre.

Nunca olvidaremos los nombres “Coronavirus”, “SARS COV-2”, “COVID-19”, como las causas que por vez primera paralizaron a la humanidad, provocando miedo, pobreza, problemas, pero también reencuentros, reflexiones, respiros.

Agradezco especialmente esta vez, el comenzar un año más con mis padres presentes.

Debo admitir que, a pesar de las dificultades económicas, en el fondo, voy a extrañar lo diferente de este año. También reconozco que me da algo de pereza comenzar un año que probablemente sea soso. A ratitos ya quiero que sea 2022. Sin embargo, pido a Dios que, si va a ser aburrido, sea benéfico para la humanidad. A veces, comenzar las cosas sin muchas expectativas es lo mejor. Que así sea el 2021.

Un abrazo a ti que me lees.

Jesús Cuevas Peña.

Mi 2020

Mi brecha muerta

Siempre tuve el sueño de ser multimillonario y comprar todo Comala. Comprarlo para protegerlo y evitar que eso que llaman “desarrollo” (que casi siempre se reduce a destrucción y concreto) llegue allí.

He visto la destrucción de mi lugar favorito: una brecha que nacía en Nogueras y terminaba en Carrizalillos. Un lugar de paz. Un lugar por el que solo transitaban comuneros, gente local a la que no puedes no saludar.

Ay, ¡Cómo extraño mi caminito arbolado! Allí a donde llevé amores y amores imposibles, a donde fui a veces con amigos, y más veces solo.

Si no la hubieran matado, esa brecha podría contarles de mi juventud, de las veces que hice el amor y de las que sólo tuve sexo. De las veces que tomé y disfruté, de las que reí y lloré. De las veces que sólo me bajé a tomar un respiro y a reflexionar entre sus árboles. Pero la mataron. La ahogaron con una asquerosa capa de asfalto, y la convirtieron en una “civilizada” entrada al pueblo de Nogueras, en un caminito que conecta a un libramiento de esos que hacen los trayectos más cortos pero el mundo más feo. Una carretera que sustituyó a una parcela en donde había un cebú. Hoy sólo hay imbéciles haciendo ejercicio y tomándose fotos. Y mi brecha sigue ahí: muerta, pero viva en mis recuerdos. 




Mi brecha muerta

Aprendizajes de la pandemia

No podemos avanzar como humanidad si después de esta pandemia no aprendemos y hacemos cambios de fondo: mundiales, nacionales, individuales. Políticos, económicos, personales.

Ha quedado claro que, la prioridad para los gobiernos, no debe ser la economía ni la educación, sino -siempre- la salud. Escuchaba que en Singapur, después del SARS en el 2003, aprendieron, y cada año hacen simulaciones para atender brotes epidémicos. Hicieron inversiones en infraestructura, logística, educación e inteligencia para poder responder con prontitud ante situaciones como la que hoy estamos pasando.

Desde el próximo año, se deben reasignar recursos para asegurar los servicios de salud a toda la sociedad. Ha llegado el momento de que México separe la salud del empleo, aunque eso signifique pagar más impuestos. En finanzas personales, se recomienda tener un fondo de emergencia que te permita vivir de tres a seis meses con tus gastos mínimos. ¿Por qué no hacer lo mismo con los servicios de salud? Que cada secretaría, instituto y dependencia del área de la salud, tenga los recursos, insumos, medicinas y equipo para operar algunos meses de forma autónoma. Estamos a años luz de eso, pero si esto no nos cambia, ¿Qué lo hará?

Es momento de invertir en investigación y desarrollo. Señaló el subsecretario López Gatell que encontraron siete prototipos de ventiladores desarrollados en México. Como urgen, muy probablemente sí vean la luz, pero de ahora en adelante, debería ser prioritario investigar  y desarrollar tecnología para la salud en México.

Así como hay un FONDEN, para desastres naturales (aunque una pandemia calificaría como uno), debería haber un fondo para epidemias, y para cualquier otra amenaza nacional.

Pero los riesgos no sólo son de otra epidemia. Enfocarnos en que va a suceder algo igual en unos años, sería miope. Debemos estar preparados para cualquier otra situación mundial o nacional que pueda suceder: una guerra, una crisis energética, o qué sé yo.

Cuando los días del desabasto de gasolina, me enteré que sólo tenemos autonomía energética para tres días, cuando un país de primer mundo tiene para un mes. Es decir, Tener a Pemex no nos sirve ni siquiera para almacenar combustibles. No hay la infraestructura de almacenamiento suficiente.

¿O qué pasaría ante una guerra? ¿Cómo están los servicios de almacenamiento y distribución de agua potable? ¿Cómo estamos en servicios de electricidad  y comunicación? ¿Qué pasaría si Estados Unidos, ante una guerra, decide cerrarnos Internet?

La recuperación será lenta y larga. Las prioridades para México, y el mundo, deberán cambiar no solo durante la epidemia, sino después de la misma.

Aprendizajes de la pandemia

Me sorprende que sorprenda

En estas últimas horas, he visto muchísimo revuelo por la canción “René”, de René Pérez Joglar, alias “Residente”. Como el lanzamiento lo anticipó en su twitter, la escuché durante las primeras horas. Debo señalar que nunca he sido muy fan de su música, porque siento que no es ni cantante ni rapero, sin embargo, siempre he admirado la honestidad que se siente en la composición de sus letras. Pero esta vez estoy sorprendido por todo el revuelo que está causando.

¿Por qué me sorprende? Por la cantidad de personas que se han sentido identificadas. ¿Por qué me sorprende? Porque para quienes hemos pasado por depresión durante algún tiempo, esos sentimientos no son desconocidos ni lejanos. Las preguntas acerca de quiénes somos, en dónde estamos, y cómo volvemos a nuestros momentos más felices, son cosa de todos los días para los que hemos pasado por eso. Para quienes tuvimos una familia amorosa y una infancia feliz, la respuesta no es difícil. Difícil es encontrarse a uno mismo y recuperar la inocencia y los valores que nos guiaban en esos momentos. La nostalgia, las añoranzas son cosa de casi todos los días. El recordar el camino por donde vinimos es algo muy consciente en la depresión. El querer estar solo, el alejarse. Las palabras y sentimientos de Residente son cosas que cualquier persona en esa situación conoce perfectamente. Le admiro el valor para externarlo. Me sorprende que sorprenda.

Me sorprende que sorprenda

De ancianos

Hace unos años, el papá de un amigo, me dijo “un día me di cuenta que ya casi no había viejitos, hasta que me percaté que ahora los viejitos somos nosotros”. En realidad, el señor no era viejo, tendría unos 57 años (falleció de 59). Desde ese día, me llegó el miedo de algo que llegará: que ya no haya viejitos; que los viejitos seamos nosotros.

Me explico. No me da miedo envejecer (aunque no me guste), me da miedo pensar que un día, mi generación será la de mayor experiencia y conocimiento del pasado. Que toda las historias y vivencias que sucedieron antes de que los de mi edad estuviéramos aquí, se habrán ido con sus protagonistas, esos ancianos con los que tanto disfruto platicar. Que nuestra generación, débil e insípida, será la de la sabiduría. Que todas las historias y recuerdos de cuando la vida era más simple, se irán con el tiempo. Que no tendré un refugio conversacional con alguien mucho mayor que yo para platicar de cosas no conocí. Qué miedo.

 

De ancianos

Mi 2019

Desde hace días quería escribir este post, aunque quise esperarme hasta el último día, porque el año pasado, fue justo hasta Navidad, cuando sucedió lo que definiría este año. Sé que hoy 30 no es el último día pero mañana no estaré aquí para escribir, así que ahora es el momento de hacerlo.

Puedo decir que este año lo comencé muerto, derrotado, derrumbado. Conocí  la depresión y la ansiedad en niveles nunca antes vividos por mí. Recuerdo cuando un amigo me dijo: “vas a estar bien. Yo tuve depresión y después de terapia sistémica, salí adelante”. En ese momento se me hacía algo imposible. Es como si ahorita me dijeran “vas a estar flaco”. Hoy, al final del año, puedo decir: estoy bien.

Como hoy estoy bien, quiero agradecer a quienes estuvieron conmigo en esos momentos de mierda, empezando por Dios, quien me acompaña y me sostiene. De los demás, No van en orden de importancia, porque todos fueron muy, muy importantes, así que empiezo por mis psicólogas, Adriana e Itzury, quienes con sus terapias me ayudaron demasiado en el proceso de salir adelante. Al psiquiatra, a quien sólo vi tres veces, pero quien con su diagnóstico me dio luz, y con su medicamento, la estabilidad para atravesar los 4 meses más críticos, aunque muriera de sueño. A mi prima Bere, quien a pesar de la distancia, siempre ha estado para mí en mis peores ratos (los más depresivos y de más ansiedad), sin importar la hora. Te quiero, primacha. A Terry, mi Teresita hermosa, por siempre echarme porras, motivarme y siempre confiar en mí. A Manuel, por las largas pláticas nocturnas por la ciudad o por teléfono, y por sus consejos.  A Gomix, por darme su apoyo anímico cada que platicamos. A Bodi y a los Gordos, por ser con quienes más salí y me distraje a lo largo de este año. A mi familia, que aunque siempre intento mantenerlos alejados lo más posible de estos problemas, sé que siempre me apoyan y se preocupan. A Nach, por sus canciones. A Vivaldi, por “Winter”.

Pero dicen que las penas y las olas nunca llegan solas. Hoy escribo desde una casa diferente a la del año pasado. Este año no sólo fue batallar con lo emocional, sino que, además, fue el peor año económicamente hablando, el año en que tuve que entregar la casa en donde viví por 6 años, el año que más gordo he estado, año en el que me alcanzó una vieja deuda, que por fin estoy saldando.

Y a pesar de toda la mierda, no puedo decir que haya sido un mal año. Me reencontré conmigo mismo, con mi mayor pasión que es escribir, con un gusto que abandoné de adolescente, que son las plumas. Aprendí como nunca antes, que endeudarse es la mayor pendejada que uno puedo hacer, y más a largo plazo. Me hice dos tatuajes que me encantan, algo que no imaginé el año pasado. Escuché más podcasts que cualquier año en mi vida, pero lo más importante, veo la vida como hace años no la veía: con gusto, con más libertad, con más empatía.

Mi 2019

Hola Popin

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En estos días comencé a hacer algo nuevo: dibujar unos monitos basados en cómo dibujaba cuando iba en el kinder. No soy ilustrador, no sé dibujar bien, y lo único que tengo es mi laptop y el Sketchbook al que apenas le sé mover.

¿Por qué lo hago?

Me gustaría usarlos para muchas cosas: para imprimir cosas con ellos, para divertirme, pero sobre todo, para aprender a hacer cosas con los recursos que tengo, así sean limitados.

Una de mis mayores debilidades es poner peros a mis ideas: “no soy tan bueno”, “no tengo esto o lo otro”, “no tengo dinero”, y quiero ir cambiando, poco a poco, esa mala costumbre. De hecho, el nombre ( Hola Popin) al final no me gustó tanto, pero decidí dejarlo para no detenerme en eso de no estar satisfecho.

Hola Popin

Cuando intento dormir

Al acostarme, soy de las personas que se revuelcan por toda la cama. Hay días que me paseo por todo el colchón, hasta poder conciliar el sueño. A veces, con la cabeza hacia la cabecera (que no tengo), y a veces, con la cabeza hacia el pie de cama (que tampoco tengo).

Hay días que duermo con tres almohadas, y días que necesito sólo una, hecha bolita. La verdad es que al acostarme, quisiera ser un perro, que no necesita de nada más que un par de giros para encontrar su posición y ponerme a descansar.

Cuando intento dormir

Leer poesía

Lo maravilloso de la poesía es que nunca es la misma: la lees una vez para conocerla, dos para entenderla, tres para sentirla. Cuatro, cinco… diez, para volverla a entender y volverla a sentir. Porque nunca es la misma.
Por eso, uno nunca termina de leer un libro de poesía. Porque puedes contar una novela, pero no un poema. Porque la historia es permanente, mas no el sentimiento. Porque la poesía es infinita.
Leer poesía