Ansiedades

Leyó cual desesperado. Tenía prisa de absorber todo lo que pudiera. Recordó aquel momento, el más fuerte de su vida, que tomó alcohol para absorberse de la realidad; como si cada trago le diera resignación. Esta vez era diferente: No había terceros, cuartos, quintos. Era él solo y su prisa contra no sabía qué. Estaba consciente de cada palabra y de cada sensación producida. ¿Qué le decían? Solo él sabía, ¿Por qué la prisa? No lo sabía, pero había que aprovechar cada minuto. Sabía que pronto lo necesitaría.

Adiós, Mocoso.

Siempre imaginé el día en que tú y yo viviríamos solos. No es que quisiera que Dolly se fuera antes, es que la edad daba a entender que así sucedería. Si me hubieran dicho hace una semana que hoy ya no estarías aquí, no hubiera encontrado motivo. Fuiste un gran luchador desde cachorro: venciste la calle, venciste la anemia y el hambre, la sed, venciste el moquillo. Viviste con marcas de ese difícil pasado. Tu cabecita brincando al dormir como recordatorio de que no eras cualquier perro, eras uno que venció al moquillo. Tu miedo al agua y la lluvia como evidencia de tu supervivencia en la calle. Llegaste a mí gracias al hambre de sobrevivir aquel domingo que te vio mi hermano. Fueron más de siete años a tu lado: me habían advertido que máximo me durarías cuatro años. Nunca olvidaré aquella vez que me diste la patita cuando ya te ibas a ir en adopción e hiciste que me retractara.

Nunca entendí cómo siendo tan bravo con otros perros, eras un perro tan noble con las personas, fueran adultos o niños. Te ganaste el cariño de mi familia y de mis amigos.Fuiste mi guardián en todos los sentidos: siempre cuidando la casa, siempre al pendiente de si en las noches me despertaba, pero lo que más te agradezco es tu compañía en la época más difícil de mi vida. Tu cercanía y cariño cada que me escuchabas llorar mientras atravesaba aquella depresión de la que fuiste testigo.

Hoy tu partida me duele. Como consuelo, sólo tengo el haber hecho lo mejor que pude para cuidarte, el que siempre prometí que estaría ahí hasta el último momento, valor que me faltó en otras situaciones, pero que cumplí contigo. Me queda claro que tu misión a mi lado terminó. Que no tienes más que cuidarme. Gracias por todo, mi gordo.

Mi 2021

Hace un año esperaba un año muy soso. Una continuación de la parte aburrida del 2020. No fue así.

La pandemia continuó, las vacunas llegaron. Mi madre enfermó y gracias a Dios se recuperó.

En lo económico, se perdió casi todo a principio de año. Gracias a Dios nada faltó y la recuperación ha ido llegando.

Perdí unos kilos, y gané un tatuaje. Extraño tomar Coca.

Comencé una relación de la forma más extraña con una mujer increíble, una mujer que amo y admiro.

Como cada año, agradezco a Dios permitirme otro año de vida con mis padres vivos y sanos (a pesar del susto por COVID). Esto me hace recordar a mi amigo Gil quien perdió a su mamá, quien siempre me trató de forma excelente. Te mando un abrazo, mi Trapiche.

Para el 2022 no pido nada, no espero nada. “¿Quieres hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes” Crear expectativas de un año es muy absurdo.

Un abrazo para ti que me lees. Que Dios te bendiga. Te lo repito: que Dios te bendiga.

Feliz 2022.

Recomenzar el proceso

Han pasado muchos años desde que comencé con la idea de Wisib. Recuerdo que en aquella época, estaba muy metido en cuestiones de minimalismo a manera de contrarrestrar mi tendencia acumuladora.

Releo y recuerdo muchos procesos de depuración que en varios sentidos que me hicieron mejorar en su momento. Hoy decido hacerlo de nuevo. A ver cómo me va.

Eso incluye volver a escribir, ocasionalmente en este blog.

Vi a mi abuelo

Venía manejando hacia mi casa y vi a mi abuelo. Lo vi en la forma de otro señor que, con su sombrero, estaba sentado afuera de una tienda de abarrotes. Le vi esa posición de quien lleva una vida en la que sus peores tormentas ya quedaron atrás; en la que disfrutas el pasar de la gente, pero sobre todo, del tiempo. Esa calma que te dice que para concluir la vida, solo hace falta esperar la muerte.

Es José Peña a quien más recuerdo de los padres de mis padres. Fue su muerte la que me dio menos pesar de mis cuatro abuelos. Será que nunca he sentido que se ha ido, que me sigo imaginando, 17 años después, que está sentado en una banca del jardín de Chavinda. 

No sólo le recuerdo al verme la panza, la papada o las entradas que me recuerdan la posibilidad de quedar pelón como él. Lo recuerdo al imaginarlo platicar con algún amigo, esperando que lo sorprendamos con nuestra visita. Algún día nos reencontraremos, abuelo.

Mi 2020

Recuerdo que en el año 2000 (yo con 15 años) leí un reporte / programa (de esos con buenas intenciones que hacen respecto al desarrollo de los países) que se llamaba “Plan 2020”. Desde esa vez, tuve un poco de fijación con saber qué ocurriría diferente este año. Algo me decía que sería un año diferente, uno de cambio para bien. Todavía no sé si me equivoqué.

Desde que nací, me han tocado vivir tres años que definen la historia de la humanidad: 1989, 2001, y ahora, 2020. El primero no lo recuerdo (tenía 4 años), el segundo fue impactante, y el último fue muy extraño. Y en realidad no encuentro mejor palabra para definir a este año: Extraño.

Extraño porque nos tocó vivir situaciones de ciencia ficción apocalíptica que hemos ido normalizando: todos con cubrebocas, muchos con caretas, los trajes de EPP en instalaciones médicas. Esa rara sensación de ir al super y escuchar advertencias por el altavoz pidiendo separación, prohibiendo el acceso a niños y ancianos, pidiendo no tocar innecesariamente los artículos. El temor de que alguien se te acerque hablando sin cubrebocas. Es bonito y temeroso vivir la historia en carne propia.

Y puede sonar egoísta porque en mi familia no hay ninguno de los casi 2 millones de personas que han muerto por la pandemia, pero dentro del caos, puedo decir que este año me ha encantado. Encontré cierta belleza en el distanciamiento, en los cubrebocas, en la higienización extrema de lugares, en la incertidumbre.

Nunca olvidaremos los nombres “Coronavirus”, “SARS COV-2”, “COVID-19”, como las causas que por vez primera paralizaron a la humanidad, provocando miedo, pobreza, problemas, pero también reencuentros, reflexiones, respiros.

Agradezco especialmente esta vez, el comenzar un año más con mis padres presentes.

Debo admitir que, a pesar de las dificultades económicas, en el fondo, voy a extrañar lo diferente de este año. También reconozco que me da algo de pereza comenzar un año que probablemente sea soso. A ratitos ya quiero que sea 2022. Sin embargo, pido a Dios que, si va a ser aburrido, sea benéfico para la humanidad. A veces, comenzar las cosas sin muchas expectativas es lo mejor. Que así sea el 2021.

Un abrazo a ti que me lees.

Jesús Cuevas Peña.

Mi brecha muerta

Siempre tuve el sueño de ser multimillonario y comprar todo Comala. Comprarlo para protegerlo y evitar que eso que llaman “desarrollo” (que casi siempre se reduce a destrucción y concreto) llegue allí.

He visto la destrucción de mi lugar favorito: una brecha que nacía en Nogueras y terminaba en Carrizalillos. Un lugar de paz. Un lugar por el que solo transitaban comuneros, gente local a la que no puedes no saludar.

Ay, ¡Cómo extraño mi caminito arbolado! Allí a donde llevé amores y amores imposibles, a donde fui a veces con amigos, y más veces solo.

Si no la hubieran matado, esa brecha podría contarles de mi juventud, de las veces que hice el amor y de las que sólo tuve sexo. De las veces que tomé y disfruté, de las que reí y lloré. De las veces que sólo me bajé a tomar un respiro y a reflexionar entre sus árboles. Pero la mataron. La ahogaron con una asquerosa capa de asfalto, y la convirtieron en una “civilizada” entrada al pueblo de Nogueras, en un caminito que conecta a un libramiento de esos que hacen los trayectos más cortos pero el mundo más feo. Una carretera que sustituyó a una parcela en donde había un cebú. Hoy sólo hay imbéciles haciendo ejercicio y tomándose fotos. Y mi brecha sigue ahí: muerta, pero viva en mis recuerdos. 




Aprendizajes de la pandemia

No podemos avanzar como humanidad si después de esta pandemia no aprendemos y hacemos cambios de fondo: mundiales, nacionales, individuales. Políticos, económicos, personales.

Ha quedado claro que, la prioridad para los gobiernos, no debe ser la economía ni la educación, sino -siempre- la salud. Escuchaba que en Singapur, después del SARS en el 2003, aprendieron, y cada año hacen simulaciones para atender brotes epidémicos. Hicieron inversiones en infraestructura, logística, educación e inteligencia para poder responder con prontitud ante situaciones como la que hoy estamos pasando.

Desde el próximo año, se deben reasignar recursos para asegurar los servicios de salud a toda la sociedad. Ha llegado el momento de que México separe la salud del empleo, aunque eso signifique pagar más impuestos. En finanzas personales, se recomienda tener un fondo de emergencia que te permita vivir de tres a seis meses con tus gastos mínimos. ¿Por qué no hacer lo mismo con los servicios de salud? Que cada secretaría, instituto y dependencia del área de la salud, tenga los recursos, insumos, medicinas y equipo para operar algunos meses de forma autónoma. Estamos a años luz de eso, pero si esto no nos cambia, ¿Qué lo hará?

Es momento de invertir en investigación y desarrollo. Señaló el subsecretario López Gatell que encontraron siete prototipos de ventiladores desarrollados en México. Como urgen, muy probablemente sí vean la luz, pero de ahora en adelante, debería ser prioritario investigar  y desarrollar tecnología para la salud en México.

Así como hay un FONDEN, para desastres naturales (aunque una pandemia calificaría como uno), debería haber un fondo para epidemias, y para cualquier otra amenaza nacional.

Pero los riesgos no sólo son de otra epidemia. Enfocarnos en que va a suceder algo igual en unos años, sería miope. Debemos estar preparados para cualquier otra situación mundial o nacional que pueda suceder: una guerra, una crisis energética, o qué sé yo.

Cuando los días del desabasto de gasolina, me enteré que sólo tenemos autonomía energética para tres días, cuando un país de primer mundo tiene para un mes. Es decir, Tener a Pemex no nos sirve ni siquiera para almacenar combustibles. No hay la infraestructura de almacenamiento suficiente.

¿O qué pasaría ante una guerra? ¿Cómo están los servicios de almacenamiento y distribución de agua potable? ¿Cómo estamos en servicios de electricidad  y comunicación? ¿Qué pasaría si Estados Unidos, ante una guerra, decide cerrarnos Internet?

La recuperación será lenta y larga. Las prioridades para México, y el mundo, deberán cambiar no solo durante la epidemia, sino después de la misma.

Me sorprende que sorprenda

En estas últimas horas, he visto muchísimo revuelo por la canción “René”, de René Pérez Joglar, alias “Residente”. Como el lanzamiento lo anticipó en su twitter, la escuché durante las primeras horas. Debo señalar que nunca he sido muy fan de su música, porque siento que no es ni cantante ni rapero, sin embargo, siempre he admirado la honestidad que se siente en la composición de sus letras. Pero esta vez estoy sorprendido por todo el revuelo que está causando.

¿Por qué me sorprende? Por la cantidad de personas que se han sentido identificadas. ¿Por qué me sorprende? Porque para quienes hemos pasado por depresión durante algún tiempo, esos sentimientos no son desconocidos ni lejanos. Las preguntas acerca de quiénes somos, en dónde estamos, y cómo volvemos a nuestros momentos más felices, son cosa de todos los días para los que hemos pasado por eso. Para quienes tuvimos una familia amorosa y una infancia feliz, la respuesta no es difícil. Difícil es encontrarse a uno mismo y recuperar la inocencia y los valores que nos guiaban en esos momentos. La nostalgia, las añoranzas son cosa de casi todos los días. El recordar el camino por donde vinimos es algo muy consciente en la depresión. El querer estar solo, el alejarse. Las palabras y sentimientos de Residente son cosas que cualquier persona en esa situación conoce perfectamente. Le admiro el valor para externarlo. Me sorprende que sorprenda.

¡Hola Mundo!

Esta es una migración de WordPress a Medium, debido a un error técnico.

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Me gusta utilizar el título por default que te pone WordPress con el primer post de una nueva instalación: «¡Hola mundo!». Una vez que los saludo, explico el porqué de este blog.

De hace unos años a la fecha, he estado viviendo con depresión moderada y no me había dado cuenta (en otro post explicaré el proceso y la evolución de ésta). Pretendo que, este blog, sirva para ayudar y motivar a todas las personas que, como yo, se encuentran en la misma situación, o no se han dado cuenta que lo están, y así, puedan ayudarse y motivarse a superar ésta.

¿Por qué? Porque es muy cansado vivir así. Porque vivir así, no es vida.

Antes de continuar, favor de leer mi disclaimer.